Publicaciones Literarias

Todas las mañanas cuando me levantaba, alrededor de las nueve, iba a la ventana del salón y lo primero que veía era a mi vecina. Siempre me llamó la atención algo de ella.

Era de estatura mediana, aspecto agradable y sensual; rubia, cara arreglada, con bata ceñida que revelaba el contorno de sus pechos altaneros. Caterina, que así se llamaba, parecía extranjera; siempre portaba entre sus largos dedos un cigarrillo al que extraía todo su aroma, después de aspirar una larga bocanada de humo.

Siempre me he preguntado qué persona se escondía tras aquella apariencia. La he imaginado sentada al lado de un piano, del que brotaban melodías de los años cincuenta, rodeada de hombres. Sobre el piano un vaso de whisky, atmósfera enrarecida por el humo y toda la sala aplaudiendo el final de cada melodía.

Así pensaba de Caterina, amante nocturna, bulliciosa, que atraía a los hombres como a mí al amanecer.

Después del espectáculo, se marcharía acompañada por uno de aquellos hombres que la admiraban y terminarían en una orgía sexual en el lecho hasta caer exhaustos. Por las mañanas, cuando la veía, ya estaría sola y antes de descansar, se fumaría el último pitillo. Después desaparecía y así día tras día.

Por motivos profesionales me trasladé a otro lugar de la ciudad y nunca la volví a ver. Todavía pienso en ella. Creo que me cautivó.

Roberto e Isabel son amigos de la infancia, vecinos y salen juntos con frecuencia dada su afinidad de caracteres. Roberto tiene diecisiete años, Isabel quince. Son bastante inquietos y buenos estudiantes. Viven a las afueras del pueblo, por lo que tienen el campo por divertimento. Sus casas están rodeadas de pinares, cruza un riachuelo y parajes que dan al entorno un aspecto paradisíaco.

           Un día, previo acuerdo entre ellos, deciden salir a lo desconocido, aprovechando que sus padres están ocupados en sus quehaceres. Quedan sobre las cinco de la tarde, llevando en sus mochilas algunos alimentos, agua, prendas de abrigo y un quinqué para alumbrarse cuando llegue la noche.

            Tras varias horas caminando piensan que lo mejor es acampar, ya que estaban agotados, dejándose caer en la hierba. Empieza a ennegrecer el cielo lo cual dificulta la visibilidad. Extraen de sus mochilas lo necesario para pasar la noche y tomar algo de alimento, después colocan sus lechos para dormir.

            En medio de la noche escuchan un chasquido, ambos abren los ojos y se miran. Sus caras están rígidas, serias, desencajadas mirando hacia el lugar de donde salió el ruido. No ven nada, aunque las hojas de un arbusto cercano se balancean. Están paralizados y las necesidades fisiológicas parecen aflorar en los dos. Isabel empieza a sollozar y Roberto no es capaz de aliviarla del miedo que expresa. Las hojas siguen su movimiento de vaivén, pero nada se observa. El miedo es tan grande que se abrazan y para sus adentro dirían: “Que sea lo que Dios quiera”

            Cuando el terror es máximo y siguen abrazados, aparece una cara. Es la del padre de Isabel, que había salido en busca de su hija, acto seguido asoma otro rostro, el del padre de Roberto.

            Ambos quedan con caras entre sorpresa y alegría. El final no lo digo porque se supone.                                                


            

          Como todas las mañanas me levanté a las seis. El sonido del despertador, o más bien diría ruido, me hizo ponerme en contacto con el mundo exterior. Todos los días la misma rutina, sin embargo este día iba a ser diferente.

            Fui a la cocina y preparé el desayuno, mientras mi mujer seguía un rato más en la cama, desperezándose. Siempre lo hace.  Cuando llega, aún con el pelo alborotado, ya están los cafés humeantes, con su  aroma  característico, y listos para tomar. Siempre lo hacemos de pie para no perder tiempo. No obstante, charlamos un rato sobre el trabajo del día, de los pequeños problemas que quedan por resolver, sobre las noticias de prensa y sin pérdida de tiempo, nos dirigimos al coche. La cocina se queda sin recoger como siempre  y  nos dedicamos a ella  cuando llegamos del trabajo.

            Antes de seguir adelante, diré que mi nombre es Alfredo, y el de mi mujer, Adela. Prosigo. El día estaba gris aunque creo recordar que no llovía. Cogimos el coche y nos dirigimos al trabajo; ambos somos periodistas y tenemos la suerte de estar en la misma empresa, lo que  facilita nuestro desplazamiento. Yo llevo la sección de deportes y mi mujer escribe artículos de opinión.

            Nos despedimos,  como  siempre, en el vestíbulo con un beso y acto seguido, nos dirigimos a nuestros respectivos departamentos. Fue un día más  cuya jornada transitó dentro de la más estricta normalidad.

            Cuando estaba en plena tarea informativa, oí  que la puerta se abría y apareció el subdirector, que en realidad era el que ejercía de “jefe”.

            -Estás despedido -me dijo casi  gritando-. Últimamente estás cometiendo  errores que no puedo tolerar y, por tu mujer, espero a ver si mejoras, pero los artículos son cada vez de más  baja calidad, sin rigor y hasta poco veraces; no comprendo lo que te pasa, pero tus artículos son casi inventados, no reflejan lo ocurrido.

            Aquello parecía una pesadilla. Yo, que siempre he sido un ejemplo a seguir por la empresa, no entendía lo que estaba pasando.

            -Alfredo, lo siento - seguía el “jefe”, a la sazón llamado David   –. Es imposible tu contratación. Te he estado permitiendo esta falta de interés y he llegado hasta el final. Intentaré recomendarte a otra empresa en donde creo que desarrollarás mejor tu trabajo.

            Me levanté con parsimonia, cabeza gacha, sin ser capaz de articular palabras. Esperé a que se fuera el “jefe”. Lo maldije hasta la saciedad, cogí mis  pertenencias, las guardé en una caja de cartón y me marché.

            Directamente fui al departamento  donde trabaja mi mujer. Iba pensando en cómo explicarle lo sucedido. Entré en el despacho.

            -Adela, me han despedido. Todavía no sé los motivos, aunque dice David  que mis trabajos son de baja calidad y faltos de veracidad. No me lo puedo creer.

            -Lo cierto Alfredo,  es que últimamente estás muy raro en tu comportamiento, incluso conmigo  -dijo Adela con voz desafiante.

            Fruncí el entrecejo y me pregunté, si todo esto era una pesadilla.  En un día había tenido dos tropiezos, por un lado me habían despedido del trabajo y por el otro mi mujer me reprendía.

            -En nuestras relaciones te noto frío, como  ausente- continuó Adela-. Ya no actúas como cuando nos casamos. Antes querías tener un hijo y ahora no te veo interés. No podemos seguir así.

            -Voy para casa, allí hablaremos con más tranquilidad- dije mientras salía del despacho. 

            Con paso largo y rápido alcancé pronto la calle.  El aire fresco me vino bien. Estuve paseando sin  rumbo, meditando todo lo que me había ocurrido. Fui por calles del casco antiguo de la ciudad y en una esquina había un bar. Entré sin vacilar y me senté en la barra. Pedí un whisky que me sirvieron con prontitud. El primero entró como un relámpago, el segundo lo saboreé con cierta ansiedad; después encendí un cigarrillo que esperaba me relajara. Así fue. Empecé  a pensar de nuevo en lo sucedido y quise poner en orden todo lo pasado. Cuando más ensimismado  estaba en mis pensamientos,  apareció por la puerta la silueta de una mujer. Quedé  asombrado de su belleza y más cuando  se dirigió hacia mí.

            -Me invitas a una copa- dijo con voz sensual.

            Al principio quedé algo aturdido, no estaba acostumbrado a estas sensaciones, aunque lo cierto es que tampoco las había pretendido. Era rubia, con el cabello ondulado, ojos azules,  caderas pronunciadas y unas piernas bonitas que incitaban a pensar lo que escondía tras de la falda.

            -¿Por qué no?-  contesté.

            Pidió un martini. Nos fuimos a una mesa y nos sentamos. Ella paladeaba la bebida con tal sensualidad que me perturbaba. No sé si lo notaba, pero lo cierto es que me preguntó: -¿Es la primera vez que estás con una mujer?

            Me sentí aplastado en la silla, la iba a hundir. Seguro que me ruboricé. Pero saqué fuerzas y contesté: -Si, es la primera vez que estoy acompañado por una mujer que  no fuera  mi esposa. Estoy  bien. ¿Cómo te llamas? Puedes hablarme de ti. 

            -Mi nombre es Lucía. Los mediodía  vengo aquí para ver el “mundo”. Es la única forma de tener contacto con él. Vivo sola desde hace tiempo; siempre me fijo en las  personas, más en  los hombres, es parte de mi oficio. Ahora me gustaría saber qué te ocurre, te veo triste y pensativo. ¿Tienes algún problema?- se interesó ella.

            -Lo cierto es que hoy he tenido un día malo. Bueno diría más,  espantoso. Han pasado cosas que nunca  hubiera imaginado. Me han despedido del trabajo y  he discutido con mi esposa. Jamás pensé que pudiera ocurrirme. He perdido toda la ilusión,  como si empezara  todo de nuevo. No sé qué hacer.

            Después de la primera copa vinieron otras. Hablamos de todo un poco. De nuestras vidas; éxitos, desengaños, hasta que llegado un momento, se cruzaron nuestras miradas sin decirnos nada. Lucía rompió el silencio:

-Si te puedo ayudar dímelo.

            -Gracias, has sido de gran ayuda.  Tal vez algún día vendré a verte. Hace tiempo que no tenía esta sensación de bienestar.  Hasta pronto.

            Nos dimos un apretón de mano y nos despedimos.

            Me dirigí a casa. Iba algo bebido, habían sido varios whiskis. Cuando llegué aún no estaba mi mujer. Después de la charla con Lucía me sentía mejor; le había contado lo ocurrido y además a una mujer. Nunca me había sucedido. Entré en el salón y me senté  a esperar. Me serví otro whisky.

            Pasadas unas dos horas oí  la puerta. Era Adela. Cuando apareció en el salón tenía un rictus de seriedad.  Se sentó enfrente de mí y habló con firmeza:

             - He estado pensando en lo ocurrido esta mañana y  creo que lo mejor es que estemos un tiempo separados. Yo me iré con mis padres y tú si quieres puedes quedarte. Mañana vendrán a recoger mis cosas. Lo he meditado seriamente y creo que es lo mejor para los dos.

            -El que me hayan despedido del trabajo, no quiere decir que debamos separarnos. Lo ocurrido no es culpa tuya; aún no sé qué  he hecho mal por más vueltas que le doy - me expliqué en voz alta-. En casa no han existido grandes problemas.

            -Lo mismo que te ha pasado en el trabajo sucede en nuestro matrimonio. El cariño que nos teníamos ha ido desapareciendo, tú cada vez te muestras más  ausente en nuestras relaciones- continuaba Adela, algo enfurecida-. No quieres ni que tengamos  hijos. Así es imposible seguir.

            - Si, creo que es mejor  que nos separemos por un tiempo- afirmé mientras movía la cabeza.

            Pasado un rato Adela salió de la casa sin decir ni siquiera un adiós.

            Los días fueron pasando y  no sabía qué hacer. El tiempo se hacía eterno; paseaba por las calles, aunque más bien deambulaba sin  rumbo fijo. Así día tras días. Creo que hasta me abandoné. No veía la razón de seguir luchando.

            Pensé en volver al bar en donde había encontrado el cariño que me faltaba; tenía en la mente aquella mujer: Lucía. Rubia, ojos azules, cadera marcada y, sobre todo, cariñosa. Empecé a buscar el bar por aquellas calles del viejo casco de la cuidad. Sabía que estaba en una esquina y por más que indagaba no lo encontraba. Así me pasé varios días, preguntaba y nadie sabía dar explicación. Llegaba a casa extenuado, casi al borde de la locura. Comía poco, dormía menos y lo único que hacía era beber y beber. A todas horas Lucía inundaba mis pensamientos.          

            El tiempo pasaba y mi mujer no  llamaba. Esperaba que con el paso de los días recapacitara, pero no fue así. Me encontraba solo y  cada vez más hundido. No hablaba. La vida parecía acabarse para mí.

            Una mañana después de desayunar,  me vestí con rapidez y cogí la pistola. De joven saqué la licencia de armas, ya que era aficionado al tiro de precisión. Le puse la munición y salí a la calle. Rondaba en mi cabeza una sola idea, la peor que se le puede ocurrir al ser humano: el suicidio. Lo había meditado durante días,  pero tenía miedo. Había llegado el momento; la mente no pensaba. Ya no sería  un estorbo.  Me veía marginado, sin cariño ¿Qué hago aquí? La única salida era dejar este mundo por una vía rápida y expeditiva.

            Dirigí mis pasos a las afueras de la ciudad; anduve varios kilómetros, a donde nadie me pudiera ver ni oír. Una vez en el lugar adecuado me paré, cogí la pistola y la  acerqué a la sien. Cerré los ojos y,… silencio.

            Como todas las mañanas sonó a las seis el despertador. Más que sonar, rugía. Intenté pararlo, pero mi brazo en ese momento estaba inhabilitado para el movimiento. Tuve que hacer un gran esfuerzo físico y mental para  acercar mi mano al despertador. Éste seguía rugiendo. Por fin acerté y pude pararlo.

            Conforme iba despertando,  me di cuenta de que estaba en mi habitación; miré a la izquierda y estaba Adela, como siempre. La toqué y en efecto era ella. ¿Qué ha sucedido?

            Había tenido un  sueño, más que un sueño una pesadilla. Ni me habían echado del trabajo, ni había discutido hasta separarnos. Adela estaba allí y aquella mujer de mis sueños, la del bar de la esquina, tampoco había sucedido. Fue mi mayor decepción. Lo demás era pura rutina, nada extraordinario; aquella mujer, sin embargo, había dado a mi vida un nuevo sentido, una nueva ilusión.

           Me levanté,  entré en la cocina y preparé el desayuno. Al rato, como ocurría todos los días, bajó Adela con su pelo alborotado y hablamos sobre el trabajo diario. Ese día la charla fue algo seca, tal vez la culpa fue mía y  seguro,  influenciada por el sueño que tuve. ¿Sería una premonición? Después cogimos el coche y nos dirigimos al trabajo. Nos despedimos como siempre con un beso, pero esta vez fue más frío y distante ¿Qué pasaba?

            Llegué al departamento y puse manos a la obra. La mujer del sueño aparecía  en mi mente y me tenía abstraído ¿Me estaba obsesionando? No tenía respuesta, pero la necesitaba.

            Así pasaron varios días hasta que ocurrió lo que tenía que pasar. Tanta era mi obsesión por esa desconocida, que una mañana al llegar al trabajo,  fui  directamente  en busca de David, el subdirector y sin mediar palabras me despedí. No le dije los motivos, porque tampoco los conocía, lo cierto es que esa mujer del bar de la esquina me atormentaba. No podía dejar de pensar en ella. ¿Dónde estará? Me preguntaba una y otra vez.

            Después me dirigí al despacho de mi mujer  y le dije que necesitaba estar solo unos días. No sabía cuántos. Parecía que lo  ocurrido en el sueño tenía parte de veraz. Yo le había dado a entender  la poca necesidad de tener hijos por el momento y ella no lo asumía en su totalidad. Lo cierto es que ella no se alteró y una vez que salí  del despacho, Adela siguió trabajando sin dar más importancia a lo sucedido.

            Una vez en la calle, mis pasos se dirigieron a la parte antigua de la ciudad.  No podía impedir seguir adelante. Me adentré por las callejuelas, anduve un buen rato y ya al anochecer, en una esquina apareció el bar de mis sueños. El corazón se  disparó. Paré y empecé a reflexionar una vez más. Estaba delante de la puerta pero sin decidir qué es lo que hacer. Por fin, entré.

            De pronto la puerta del bar se abrió y apareció la silueta de una mujer; alta, bien curvada, piernas largas. Era Lucía.   

                                       

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Vine a España con mi familia desde Maruecos en donde vivíamos,  porque dieron la Independencia a los marroquíes - me dice  Fausto Aranda- sobre su llegada.

-Nos  establecimos en un pueblo cercano a la capital murciana, en una casa de campo. Mi padre siempre tuvo la ilusión de tener un campito, para plantar algo y comer de su propia cosecha. Al principio nos costó adaptarnos a esta nueva situación, distintas formas de vida, otras costumbres, nuevas caras. Sufrimos hasta que nos fuimos haciendo a la idea. No había más remedio.

-­En Marruecos  vivimos  muy bien -explicaba Fausto- Mi padre trabajaba de cargador en el puerto y era muy querido, tanto por los españoles como por los marroquíes.

-Con la llegada de la Independencia todo se agravó -prosiguió Fausto-. Pasamos días terribles. La lucha era entre ellos, los que vivían en la cabilas en el monte vinieron a la ciudad y se enzarzaron en una lucha contra los árabes que  habían trabajado con los españoles.  Oíamos disparos, olor a azufre, cantos que nos ponían los vellos crispados. Mi madre, apagaba todas las luces, para que no vieran claridad a través de las ventanas. No pudimos salir a la calle mientras duró la reyerta, que fue alrededor de unos diez días. Por supuesto, durante este tiempo nos quedamos en casa, hasta ver lo que ocurría. Comíamos de lo que aún quedaba en casa. Siempre en silencio. Pasamos mucho miedo. El punto y final fue que todos los españoles tuvimos que salir por piernas.

-Veo que tienes buenos y malos recuerdos-le dije.

-Aun así, echo de menos mi tierra. Yo nací allí, aunque mis padres son españoles - me dice.

-¿Tú que hacías?

-Estudiaba. Iba a los Maristas. No llegué a terminar los estudios superiores y por tanto  no he podido entrar en al Universidad. ¡Ha sido un fastidio!

-Entonces, ¿a qué te dedicas?

-Ayudo a mi padre en  las labores del campo -continuó Fausto-. Cuando llegamos, compró unas tierras y se dedicó al cultivo. Le entretiene y además es necesario. Tiene que trabajar mucho y él solo no puede. Con lo que se cosecha nos ayuda a vivir. Yo soy el único hijo y tengo que ayudarle. El trabajo es duro y entre los dos se lleva mejor. Todo esto me impide seguir con mis  estudios. Me hubiera gustado ser médico. Desde pequeño he tenido esa vocación. Recuerdo que cuando mi madre traía pescado, le decía que no lo abriera hasta que llegara del colegio. Siempre he tenido predilección por ver como eran por dentro los animales. Lo mismo ocurría si compraba un pollo. Probablemente me hubiera gustado ser cirujano.

Fausto, es un buen mocetón, tez morena, alto, musculoso y me doy cuenta  que les gusta a las chicas. Tanto se dedicó a salir con ellas, que se ennovió.

Sin embargo, no le notaba alegre. Hace unos días me comentaba:

-Echo de menos Marruecos, su gente, su colorido, su mar; sus playas, el hecho de estar lejos de lo que creo que formaba parte de mí, me hace más ínfimo. Me es difícil adaptarme. No  conecto con la gente, no empatizo.

-Como te dije,  el   salir de Marruecos me impidió terminar los estudios. Ser médico, es mi  gran ilusión desde pequeño. Trabajar la tierra no es lo mío, aunque sé que me debo a mi padre,  él ya es  mayor.

Fausto y yo comentamos casi todo lo referente a nuestras vidas. En el fondo le notaba desencantado de su quehacer diario. La llegada a estas tierras no le llenaba. Había perdido dos cosas importantes en su vida, su querido Marruecos y  sus estudios. Le notaba triste, tanto que había adelgazado, incluso a veces  más malhumorado de lo normal.

Salíamos con cierta frecuencia, cuando mi trabajo me lo permitía. A él le gustaba que nos viéramos con más frecuencia, pero me era imposible.

El domingo antes de las Navidades, cuando iba a desayunar a la cafetería de enfrente, como siempre, noté algo raro en la gente. Me miraban, bajaban la cabeza, hablaban entre ellos. Yo seguí caminando, entré en la cafetería y me senté en el mostrador como de costumbre. No tenía que pedir nada, ya lo sabían de sobra. Saludé a Manuel, el dueño,  como todos los días. Le noté serio.  Al traerme el desayuno se acercó y me dijo al oído en voz baja:

-¡No se ha enterado!

-No ¿Qué pasa? –repliqué.

-Su amigo Fausto, ha aparecido esta mañana ahorcado en su habitación.

Me quedé inmóvil, después me entró un sudor frío y por poco me derrumbo. Después de un cierto tiempo reaccioné, salí corriendo, a no sé dónde, a cualquier sitio menos a casa de mi amigo Fausto.

Siento que no lo ayudé lo suficiente para haber podido salvar su alma. Lo sigo sintiendo hasta el día de hoy.